El patito feo

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Fotografía del patito feo. Durante su época de adolescencia se tiñó las plumas para dejar de ser negro

Era se una vez, en un tierra muy lejana, más lejana, incluso, que Toledo, vivía una familia de patos, conformadas por una papá pato y un mamá pato. Tristes y desgraciados, lamentaban que no podían tener hijos a pesar de los miles de intentos y de que a mamá pato ya se le viese el hueso en cogote. Pero un día, por fin, Dios escuchó sus plegarias y mamá pato se quedó preñada.

Nueve meses después dio a luz a veinte preciosos cachorros de pato. Poco tiempo después, mamá pato, que era un poco cegata y estaba siempre en la Parra, se encontraba amamantando a sus patitos, cuando llegó papá pato, de nombre José Ramón Cua, y vio por primera vez a sus cachorros. Entonces exclamó - ¡cua cua cua!(¡Pero serás puta!) – Mamá pato, de nombre Parásita Cua, contestó sorprendida – ¿cua? (Pero, ¿por cua?) – José Ramón no podía creer que tuviese una mujer tan cazurra - ¡Cua cua cua! ¡cua cua! (¡Ese patito es negro, mamarracha!)

El patito feo no sólo era negro (tan negro como el blanco tungsteno), era feo, muy feo, tan feo como los bajos de Sara Montiel. Tras explicarle, que no le había puesto los cuernos, y que ella nunca se liaría con un negro, y que no era negro de raza sino muy moreno, sólo consiguieron llegar a la conclusión, de que, en ocasiones, los caminos del señor son imperdonables.

La infancia del patito feo

La niñez del patito feo, de nombre José Mari Cua, transcurrió triste y solitaria. Sus hermanos le hacían mobbing, su madre se negaba a amamantar a algo tan feo, y su padre no terminaba de creerse que fuera un espermatozoide suyo, el que hubiese traído algo así al mundo – Se parece a tu madre – solía decirle él a su querida esposa.

Los meses y los años fueron pasando, y José Mari seguía igual de feo. Incluso había engordado por la depresión y el tirarse todo el día fumando para olvidar, tampoco ayudaba a su cutis.

La juventud

Al cumplir los 18, la madre de José Mari le pilló fumando. Cosa que sabía que sus padres odiaban más que la heroína, porque aseguraban que fumar mata y la heroína sólo te deja gilipollas. Tras esto José Mari fue echado a patadas de casa. De hecho, el zapato de su padre se quedó incrustado en su trasero.

Se vio obligado a alquilar un cutre agujero a una hormiga nazi. Y a conseguir un trabajo limpiando los excrementos de los conejos. Intentó dedicarse al mundo de la prostitución, pero evidentemente, con lo feo que era, nadie le quería. Ni tan si quiera la apestosa mofeta.

No llueve eternamente

Una vida tan dura pocos lo soportan, y José Mari había decidido que no iba a ser uno de ellos. Había llegado el momento de terminar con su vida porque como decía Descartes "muerto ya no existo".

Después de mucho pensarlo, llegó a la conclusión de que tirar la televisión a la bañera sería la muerte más dulce. Pero cua fue su sorpresa cuando, estando a punto de cometer el mayor error de su vida, vio un anuncio en la tele que sería la solución a todos sus problemas. El programa era Cambio Radical.

Tras enviar su foto al programa, los productores le llamaron ofreciéndole todo lo que quisiera, pues no habían visto un fenómeno como ese durante toda su carrera. Tras varios meses de operaciones y teñidos de pelo, además de obligarle a hacer deporte para mejorar su musculatura, llegó el momento de la presentación final.

Todos (familiares, ex-amigos y todos los que le humillaron alguna vez) esperaban expectantes, para ver el nuevo look del que fue en su tiempo la cosa más fea que ha parido madre. Y de pronto lo vieron aparecer por las escaleras. Su plumaje blanco se movía con el viento de la brisa marina de las montañas. Un largo cuello, más estilizado por sus tetas de la talla 120, que le hacía parecer un ser superior a todos los patos existente. Una figura perfecta, tras un vestido de seda rojo, dejó alucinados a todos los espectadores. Pero hasta que no estuvo en el segundo escalón, no pudieron ver lo que portaba en la mano.

José Mari alzó su AK-47 y se lió a disparar contra todo el público - ¡CUAAAA! ¡CUAAAA! (¡Estúpidos seres inferiores! ¡Pagaréis por haberme humillado! ¡Pagaréis por vuestros insultos! ¡Morir todos!).

La venganza terminó con 200.000 muertos y 50.000 muertos graves. El patito no feo vivió feliz por los restos de los restos.